Apps i cultura

Foto finalistes concurs Apps&cultura

Foto finalistes concurs Apps&cultura

El passat 31 de juliol es va celebrar a la Virreina la final del concurs d’Aplicacions mòbils orientades al món de la cultura Apps&Cultura 13, concurs organitzat per la Direcció de Creativitat i Innovació de l’Institut de Cultura de Barcelona i AppCircus. Spotsuite, tot i no resultar guanyador, estava situat entre els deu finalistes d’entre les prop de 70 idees presentades a l’esdeveniment.

La ocasió va servir per una serie de reflexions al voltant de la relació entre la cultura i les aplicacions mòbils, una relació que de fet constitueix una connexió entre el fet cultural, els creadors, els espais, el temps i les persones o usuaris de les aplicacions.

La gent ja no és consumidora passiva de propostes culturals empaquetades pels experts o les institucions de torn, ja que el telèfon que portem a la butxaca constitueix una poderosa eina que ens permet no tant sols d’interactuar amb la cultura, sinó d’anar més enllà i ser-ne part constituent i activa, i en algunes ocasions, fins i tot demiúrgica. Perquè la bidireccionalitat, la possibilitat d’influir en un escenari des de la grada, les noves formes de cultura col·laborativa, la informació del passat projectada cap al futur, la creació de grups d’afinitat o la geolocalització esdevenen alguns del múltiples potencials que incorporen el món de la cultura a la revolució digital.

Una de els qüestions que va sorgir, però, va ser el fet que si bé les propostes d’apps culturals poden canviar la manera en la que s’emet, es construeix i es crea la cultura, és a dir, la radical democratització que permet del fet cultural, ara l’embut el trobem en un altre lloc: els canals de distribució de les aplicacions. Botigues com la app store (Apple) o la Play Store (Google) constitueixen autèntics forats negres per on obligadament s’ha de passar a la hora de distribuir i comercialitzar qualsevol aplicació. I si bé és cert que mitjançant aquestes botigues on-line podríem arribar a vendre per tot el planeta, el cert és que la seva deficient estructura invisibilitza qualsevol aplicació que no estigui situada entre les primeres dotzenes. I ja se sap que la cultura ni acostuma a tenir la mateixa popularitat que altres opcions lúdico-tecnològiques, ni la industria cultural té la capacitat -ni sovint els coneixements- per fer petar com cal la maquinaria del app màrqueting.

Per això, concursos com l’Apps&Cultura contribueixen poderosament a fer que, d’una banda, es puguin plantejar i valorar idees d’apps orientades a la cultura, i de l’altra banda aconseguir materialitzar i donar-les-hi una visibilitat molt difícil d’aconseguir en aquest món de brogit constant.

Segurament l’any que ve ja no ens presentarem a la propera edició de l’Apps&Cultura, però segur que el seguirem de ben a prop i, en la mesura de les nostres possibilitats, ens en farem ressò i contribuirem a a la seva difusió.

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¿Donde estamos, capitán?

El arte de saber en que lugar se encuentra uno tiene muchas historias detrás, y una de las mas apasionantes es la del John Harrison y sus cronógrafos. Mucho antes de acordar de forma unánime que la tierra esférica, en el s.II Ptolomeo ya había establecido la nomenclatura básica al dividir el mapa del Mediterraneo en lineas horizontales y verticales que recibieron respectivamente los nombres de paralelos (del latín latos) y meridianos (del latín longos). Aún así, y pese la ayuda de brújulas, la observación astronómicas o cuerdas con nudos para determinar la velocidad, lo mas prudente seguía siendo navegar cerca de la costa.

Model H1

Las cosas se complicaron durante la época de los descubrimientos y los grandes viajes transoceánicos. Cualquier lobo de mar con algo de conocimientos sabía observar con el sextante (tecnolgía punta de la época) la posición de los astros y determinar, con la ayuda de unas sofisitcadas tablas y almananques, en que paralelo se hallaba la nave. Otra cosa eran los meridianos. Debido al movimiento rotatorio de la tierra, no había manera de establecer en que posición se encontraba el buque:  los viajeros que iban y volvían de las américas podían saber con cierta precisión si estaban ala altura de Galícia, las Canarias o Lisboa, pero no tenían muy claro en que punto del trayecto se encontraban. De hecho, el método de navegación habitual era pillar un paralelo y no moverse de él hasta encontrar tierra al otro lado… claro que transitar estas rutas conocidas era poner las cosas fáciles a los piratas.

Tras muchas consideraciones y algunos desvaríos absurdos, se acordó que para establecer el meridiano hacía falta un reloj que marcara la hora del punto de origen, es decir, el meridiano de referencia. Comparando el cenit diario -que se podía obtener mediante un reloj de sol- con la hora de referencia, se establecía la diferencia horaria (cada hora de diferencia entre ambos se traduciría en 15º de longitud ) y, por consiguiente, determinar en que meridiano se hallaba el barco. El problema era que en la época, los relojes mas sofisticados eran mecanismos de péndulo o de muelle que el balanceo de los barcos descompasaba, además de insalvables problemas mecánicos derivados de la presión atmosférical la temperatura y la humedad.  La alternativa manual eran relojes de arena que un algún sufrido grumete debía ir girando cada media hora.

Ante tal disyuntiva, todas las potencias intentaron establecer un método para averiguar a que altura se encontraban sus naves. Así, a mediados del siglo XVIII, el parlamento británico ofreció una recompensa de 20.000 libras a quien “descubriera la longitud geográfica en el mar con una precisión de 60 millas tras un viaje de seis semanas en el mar”. Al final, carpintero reconvertido en mítico relojero llamado John Harrison consiguió construir un reloj mas o menos fiable, el llamado cronógrafo  H1, que pesaba 34 kilos, funcionaba a cuerda y tenía un sistema de bisagras para mantenerlo mas o menos horizontal siempre y cuando el estado de la mar fuese razonable.  El aparato se instaló en un barco que en 1761 partía rumbo a Jamaica. Cuando regresó a Inglaterra, después de 147 días, el reloj sólo había variado 1 minuto y 54 segundos.

De hecho Harrison presentó cinco modelos diferentes sucesivamente a lo largo de su vida que requirieron de viajes de prueba para recibir una la aprobación del quisquilloso Consejo del Meridiano. Claro que, en comparación con el H1, el denominado cronógrafo H4 era una miniatura portátil de 13 cm de diámetro y 1.45 kg, poseía una combinación de rubíes y diamantes en sus ejes para resistir el rozamiento y tan solo se desviaba un segundo por día. Experiencia no le faltaba a Harris: para elaborar el H3, había empleado 20 años y, antes de morir en 1776, aún pudo completar su última obra, el H5. El entramado de envidias, política e intereses que se levantaron alrededor del asunto del meridiano, complicaron y mucho el reconocimiento oficial del trabajo de Harrison, pero algunos autores señalan que su cronógrafo fue clave para la expansión del imperio británico.

En 1920 el Capitán de Corbeta Rupert Thomas Gould descubrió los prototipos de Harrison abandonados en los almacenes del Real Observatorio mientras investigaba para la redacción de su obra “El cronómetro de marina, su historia y desarrollo”. Solicitó y obtuvo permiso para restaurarlos y dedicó a ello el resto de su existéncia. Actualmente podemos admirarlos la Flamsteed House del Royal Observatory Greenwich, menos el mítico H5, que se se conserva en el Museo de la  Worshipful Company of Clockmakers of London.

Modelo H4