La estrella distante de Bolaño

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Ayer , en el marco del festival Kosmópolis, Barcelona celebró el más que merecido homenaje y reconocimiento a Roberto Bolaño, cuando hace diez años que una enfermedad lo arrebató. Un homenaje que no es baladí, ya que más allá de los círculos moderadamente literatos, no todo el mundo conoce a Roberto Bolaño, aunque su legión de lectores y el grueso de la crítica lo reconoce como un clásico de la literatura en lengua castellana comparable a Borges o Cortazar. En el homenaje intervino su buen amigo A.G. Porta, su editor de poesía, el gran Jaume Vallcorba y el editor por excelencia de Bolaño, Jorge Herralde.

Una de las ideas que surgieron en el debate, fue que las obras en prosa de Bolaño no se pueden contemplar como piezas aisladas, sino que deben ser contempladas en su conjunto; al fín y al cabo –apuntó Vallcorba–, Bolaño era un poeta y como tal se reconocía, y pese a que todos los presentes estuvieron de acuerdo en que el escritor  –muy a su pesar, imaginamos– era mejor prosista que poeta, sin ser poeta no habría conseguido trabajar la prosa de la manera en que la trabajó. Además, la obra de Bolaño está intrínsecamente ligada a su biografía y a sus geografías y una de las mejores aproximaciones  que tenemos a sus vicisitudes vitales es a partir de los retazos de ella que se desparraman por su párrafos.

Un buen ejercicio consiste en seguir las huellas literarias del alter ego de Bolaño, el ‘detective’ Arturo Belano. Lo encontramos en el cuento Detectives (Llamadas telefónicas, ed. Anagrama) en el que el el protagonista escapa de la cárcel chilena gracias a la ayúda de un amigo de infancia metido a policía a las órdenes de Pinochet. Lo encontramos también en el cuento El Gusano del mismo libro, con un joven Belano robando libros por las librerías de del DF. Más adelante, en la célebre novela Los detectives salvajes, Belano nos aparece relacionándose con poetas y outsiders del DF y, después, emigrando a Barcelona donde acaba trabajando de vigilante de un cámping de la Castelldefels.

No es que Belano se corresponda biográficament con su autor, pero lo que està claro es que un gran fabulador como Bolaño extraía sus sus historia a partir de la materia que le proporcionaba su realidad, sin artificios, sin necesidad de seguir el esquema clásico de una novela. Las historias avanzan, se entrelazan (o no), adoptan diferentes puntos de vista, diferentes narradores sin necesidad de héroes, de desenlaces ni final feliz. Así, Belano le permite incrustar experiencias pròpias en la ficción, sin necesidad de caer en la autobiografía que, al fín y al cabo, no deja de ser una ficción disfrazada de objetividad.

Bolaño, efectivamente acabó trabajando en un camping de Castelldefels llamado la Estrella de Mar. Había emigrado de México en 1977 para reunirse con su madre que residía en Barcelona. Instalado en la calle Tallers trabaja en diferentes oficios, entre ellos la vigilancia del cámping, y escribe compulsivamente en sus ratos libres. Tras una temporada residiendo en Girona, Bolaño se casa y la joven pareja se establece definitivamente en Blanes, donde el escritor trabaja en la tienda de bisuteria de su madre. Seguirá escribiendo y consigue publicar alginas obras que, según reocncocí Herralde, tuvieron exiguas ventas aunque una buena acogida entre la crítica. Y en 1998 publica Los Detectives Salvajes y su estrella literaria empieza a brillar.

A partir de entonces sigue escribiendo diversas novelas y obras de narrativa breve que publica su editor y amigo Jorge Herralde , una carrera literaria que empieza a estar trufada de reconocimientos y premios, pero es entonces cuando se le diagnostica una enfermedad hepática irreversible. Ante la urgencia del hecho, Bolaño escribe. Escribe mucho para dejar casi terminada su última obra, la monumental novela 2666. En realidad eran cinco libros que deberían ser publicados sucesivamente para asegurar la manutención de su esposa e hijos, finalmente editores y curadores optaron por unificarlos en un solo volumen. 2666 fue el colofón que llevó la estrella de Bolaño más allá del mundo hispanohablante, y algunos lo consideraron la primera obra clásica del s.XXI. Leer este testamento literario de Bolaño, además de un placer literario, es entender hasta donde había llegado su capacidad narrativa y sospechar hasta dónde podía haber llegado.

Ahora se puede visitar parte de su legado intelectual y vital en la exposición que le ha dedicado el CCCB de Barcelona, en el que tenemos la suerte casi inédita de contemplar la forja de un clásico, quizás el último autor clásico con el que los catalanes hemos tenido la ignorada suerte de compartir espacio, anhelos y referentes.

 

 

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